thumb do blog Renato Cardoso
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Juan 18: El León toma la delantera

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Terminada la oración, Jesús fue con los discípulos al otro lado del huerto, pasando por el arroyo de Cedrón, donde acostumbraba a reunirse con ellos. Él sabía que, probablemente, Judas iría a buscarlo allí y llevaría a los soldados para arrestarlo. Quería enfrentar la situación de una
vez, no huir de ella. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Al percibir la aproximación de los soldados, Jesús, con la intrepidez de un león en la noche, se adelantó a su encuentro con el único objetivo de proteger a los discípulos: «Si, pues, me buscáis a Mí, dejad ir a estos».

¡Oh, Dios mío! ¡Hasta en aquel momento nuestro Señor se preocupó por los discípulos y no por Sí mismo! ¡Vea qué cuidado, qué protección, qué liderazgo! Conociendo a Jesús así, ¿todavía cree usted que Él lo dejará abandonado en la hora del peligro?

Otra cosa: ¿notó la reacción de los soldados cuando Él dijo: «Yo soy»? Cayeron hacia atrás. ¿Por qué? Lo que muchos no saben es que ese «Yo soy» es la misma expresión usada por Dios Padre al responder a la pregunta de Moisés allá en el Sinaí, más de mil años antes, sobre cuál era Su nombre: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14). En aquel momento, Dios no reveló Su nombre; solo le dio esa expresión.

Pero ahora sabemos que el nombre de Dios es Jesús, pues Él mismo lo confirmó en el capítulo anterior, cuando oraba al Padre: «Mientras Yo estaba con ellos en el mundo, los guardaba en Tu nombre. He guardado a los que Me diste…» (Juan 17:12).

No queda duda sobre la divinidad de Jesús. Y, por el hecho de que ese nombre tiene tanto poder, cuando Él dijo: «Yo soy», toda la banda de soldados romanos y de la guardia judía, quizá más de cien soldados armados, cayó hacia atrás con temor.

El Gran Yo Soy está con usted allí ahora. Sus enemigos y problemas tienen que temer, no usted. Y, ante un nombre tan grande, que posee tanto poder, debemos ser más reverentes al usarlo. Muchos usan el nombre de Jesús para todo y para nada. Un arma poderosa solo debe usarse cuando realmente es necesaria.

Habiéndose entregado a los guardias, aun pudiendo en cualquier momento llamar a mil legiones de ángeles en Su auxilio, Jesús fue llevado ante el sumo sacerdote que cobardemente orquestó Su arresto.

Solo Pedro y Juan lo acompañaron a la distancia. Pedro, siempre impetuoso como un trueno, ahora se encontraba dominado por el miedo. Negó tres veces que conocía a Jesús. Realmente, es fácil confesar la fe cuando todo va bien. La prueba del verdadero cristiano, sin embargo, es cuando su fe le cuesta un alto precio.

Jesús estaba allí dentro, en medio del fuego de los enemigos, y Pedro aquí afuera, tratando de calentarse junto a la hoguera, al lado de los guardias que habían arrestado a Jesús. Una escena difícil de concebir.

Finalmente, Jesús da una lección de independencia de pensamiento al responder a Pilato: «¿Dices esto por tu cuenta, o porque otros te lo han dicho de mí?». En otras palabras, deje de ser una marioneta en manos de los demás y piense por sí mismo. Infórmese en lugar de creer todo lo que oye.

¡Una lección que todos nosotros también necesitamos aprender!