Juan 4: Él se mezcla con la gentuza
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El ser humano es especialista en rivalidad. Brasileños y argentinos. Ingleses y franceses. Americanos y rusos. Capitalistas y socialistas. En los negocios, en la política, en la cultura, en el deporte, en la ciencia, en la religión… Desde que Caín mató a Abel, en todas partes hay enemistad, competencia y prejuicio entre las personas.
Así también era —y todavía es— entre los judíos y los samaritanos. Pero ¿por qué los judíos ni siquiera hablaban con los samaritanos? Porque los consideraban una sub-raza, no judíos legítimos. Los samaritanos eran una mezcla de gentiles con judíos, fruto del cautiverio de Israel bajo Asiria durante muchos años.
Después de llevar a los israelitas al exilio, el rey asirio envió pueblos de diversas regiones para habitar en Samaria. Así, los samaritanos mezclaron la religión judía con la pagana, llegando incluso a construir un templo en el monte Gerizim, en competencia con el templo de Jerusalén, afirmando que el lugar correcto para adorar a Dios era allí.
En la época en que Nehemías reparaba las ruinas de Jerusalén, Sanbalat se opuso con firmeza y usó toda clase de artimañas para impedírselo. Sanbalat era samaritano.
Fue con este trasfondo que ocurrió la conversación entre el Señor Jesús y la mujer samaritana allí en el pozo. Él no debería hablar con ella, pues además de ser samaritana, era una mujer de muchos hombres. Pero Él habló. Rompió las reglas. En aquel momento, ignoró la historia de la ciudad y miró dentro de aquella mujer que tenía un pasado dudoso.
Venid, ve a un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho.
Juan 4:29
El Señor Jesús sabía todo lo que estaba mal en aquella mujer. Aun así, le ofreció una nueva vida, una oportunidad de empezar todo desde cero, como quien ofrece un vaso de agua fresca —en este caso, una fuente inagotable de agua— a un viajero en el desierto. ¿El resultado? En lugar de rivalidad, hubo salvación: para ella y para muchos en la ciudad a quienes ella invitó a conocer a Jesús. Si Dios no nos mira con prejuicio, ¿por qué actuaríamos así con otras personas?
¿Ha juzgado usted a alguien sin conocerlo? ¿Ha estado alimentando resentimiento por algo que ya pasó? ¿Ha hablado mal de una persona solo por haber oído algún comentario negativo sobre ella? ¿Está necesitando esa Agua Viva que Jesús ofreció a la samaritana? Pues bien, ella está disponible, en este momento, para usted. Es el Espíritu Santo. ¡Solo tiene que pedirlo!
Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva.
Juan 4:10
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