SAL DE LA FILA ¡Y TU TURNO LLEGARÁ!
La soledad puede ser el punto de partida para una dependencia real de Dios – y de sí mismo.
Tú que te sientes solo, sin la ayuda de nadie, presta atención. Tal vez falten recursos, personas en quienes confiar o incluso apoyo verdadero. Al fin y al cabo, la soledad no elige condición social: alcanza tanto a quienes no tienen dinero como a quienes lo tienen, pero no saben en quién confiar.
Y eso duele. Porque no fuimos creados para vivir desamparados.
La expectativa que paraliza
Muchos pasan la vida esperando ayuda. Un amigo, un familiar, un jefe, una promesa antigua. Algunos incluso esperan sistemas, gobiernos o decisiones que nunca llegan. Y, mientras esperan, la vida queda detenida.
Por eso, la noticia puede sonar dura, pero es liberadora: nadie va a venir a ayudarte.
La dependencia correcta
Esto no significa rendirse. Al contrario. Significa dejar de depender de las personas y empezar a depender de Aquel que nunca falla: Dios.
El Señor dice en Isaías 41:10:
«No temas, porque yo estoy contigo […] Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré…»
Esta promesa es para quienes deciden hacerlo Señor de su propia vida — no solo escuchar hablar de Él, sino obedecerlo.
Ve directo a Dios
La peor decisión es depender de alguien. La mejor decisión es ir directamente al Señor. En lugar de humillarte delante de las personas, dobla las rodillas delante de Dios y confía en Él.
Si alguien quiere ayudarte, acéptalo. Pero no vivas esperando eso.
Levántate
No aceptes el discurso de víctima. Tienes a Dios: usa tu boca para hablar con Él, no para quejarte. Apoya tu vida en la Palabra y sigue adelante con fe, fuerza y determinación.
Dios prometió estar contigo. Aférrate a esa promesa — y sigue adelante.
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