SABER-abismo-HACER
El problema nunca fue la falta de conocimiento. El problema es atravesar el abismo entre saber y hacer. Mira este mensaje
Me gustaría que consideraras algunas situaciones muy directas. ¿Puede un derrotado hablar de éxito o de fe? ¿O alguien con sobrepeso dar consejos de nutrición? ¿Puede un psicólogo no lograr resolver su propio matrimonio? ¿Puede un terapeuta de pareja terminar divorciándose repetidas veces?
Y más aún: ¿puede un pastor hablar de Dios y, aun así, no tener nada de Dios dentro de sí?
A primera vista, estas situaciones parecen absurdas. Sin embargo, lamentablemente, no solo pueden ocurrir, sino que ocurren con frecuencia. Esto revela el mundo de contradicciones, falsedad e hipocresía en el que vivimos. El mundo incluso conoce la verdad, pero prefiere maquillarla con la mentira.
La advertencia de Jesús contra la hipocresía religiosa
Por eso, el Señor Jesús hizo advertencias claras sobre este comportamiento. En Mateo 23, Él habla de los escribas y fariseos — líderes religiosos que ocupaban la “cátedra de Moisés”, es decir, el lugar de autoridad espiritual.
Jesús fue directo:
“… haced y observad todo lo que os digan; pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen”.
En otras palabras, ya en aquella época la hipocresía tenía nombre. Conocían profundamente las Escrituras, pero no practicaban lo que enseñaban. El orgullo religioso los cegó a tal punto que no reconocieron al propio Mesías que tanto estudiaban.
Jesús enseñó con actitudes, no solo con palabras
En contraste, observa el ejemplo del propio Jesús. En la noche de la Santa Cena, mientras los discípulos discutían quién era el mayor entre ellos, Él se levantó, tomó una toalla, una vasija con agua y comenzó a lavar los pies de cada uno.
Sin largos discursos, enseñó con acciones. Luego concluyó:
“… os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”.
Fíjate bien: no fue “como Yo hablé”, sino “como Yo hice”. Jesús vivió lo que enseñó. Y por eso añadió:
“Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis”.
Saber no es suficiente
Aquí está el punto central: no basta con saber. El conocimiento sin práctica no genera resultados. El fracasado puede incluso saber todo sobre éxito, pero si no lo vive, sus palabras no tienen autoridad. Lo mismo para quien sabe cuidar el cuerpo, pero no cuida el propio, o para quien predica la Palabra, pero no La obedece.
La bendición, el éxito y la transformación vienen de hacer aquello que se sabe. Eso es fe.
La fe no es religiosidad
Mucha gente confunde la fe con rituales religiosos. Encender una vela, dejar la Biblia abierta en casa, rezar, persignarse, ir a la iglesia todos los domingos —todo eso puede existir sin una fe verdadera.
Los fariseos hacían mucho más que eso y, aun así, eran solo religiosos. La religiosidad se preocupa por la apariencia, los hábitos externos y la aprobación social. Pero el interior sigue lejos de Dios.
Dos formas de leer la Biblia
Aquí quiero reforzar algo importante. Existen dos formas de leer la Biblia.
La primera es abrir las Escrituras para buscar versículos que apoyen lo que ya piensas y quieres hacer. Eliges textos sueltos para justificar tus decisiones.
La segunda — y correcta — es abrir la Biblia con un corazón humilde y decir: “Dios mío, ayúdame a entender Tu voluntad. Y si tengo que cambiar, dame fuerzas para obedecer”.
Cuando lees así, la Palabra confronta, corrige y transforma. Y cuando obedeces, produce frutos.
La verdadera fe transforma actitudes
Eso es fe. No es religiosidad. La fe es escuchar la Palabra de Dios, comprenderla y ponerla en práctica. Dios no es una religión. Jesús no es un sistema. Jesús es una persona.
Relacionarse con Él exige coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Cuando entiendes esto, descubres la verdadera fe — y dejas de ser solo alguien que habla bonito, pero cuya propia vida desmiente sus palabras.
Porque, al final de cuentas, la fe verdadera siempre se manifiesta en las actitudes.
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