PRISIONERO EN LA PRISIÓN DE LUJO
Cuando no perdonas, los cerrojos no encierran al otro: te encierran a ti mismo
La fe es comprender que la Palabra de Dios siempre va más allá de lo obvio. Proverbios 18:19 afirma: «El hermano ofendido es más difícil de ganar que una ciudad fortificada, y las contiendas son como cerrojos de fortaleza». Este texto describe exactamente lo que sucede cuando alguien se permite sentirse ofendido: la persona se cierra.
Así como un castillo protegido por cerrojos, el ofendido levanta defensas. Se cierra a quien lo hirió y, muchas veces, también a quienes no le hicieron nada. Todo para evitar un nuevo dolor. Pero, al hacer eso, termina aprisionándose a sí mismo.
Ofenderse es una decisión
Es cierto que no tenemos control sobre lo que los demás dicen o hacen. Sin embargo, sí tenemos control sobre lo que eso va a provocar en nosotros. La ofensa solo entra cuando se lo permitimos.
Yo no elijo el ataque, pero sí elijo si eso va a herirme o si va a rebotar y volver. Por eso, ofenderse solo es fácil cuando doy permiso.
Casi nunca se trata del ofendido
Otra verdad liberadora: casi nunca la ofensa tiene que ver con quien fue herido. La mayoría de las veces revela el estado emocional, el carácter o la falta de control de quien ataca.
Las personas heridas lastiman. Las personas desequilibradas explotan. Cuando entiendo esto, dejo de absorber la ofensa y empiezo a aprender de lo ocurrido, decidiendo con sabiduría cómo relacionarme con esa persona de ahí en adelante.
Cuando la ofensa se convierte en contienda
El problema surge cuando alguien decide «no dejarla pasar». Devuelve la ofensa, sube el tono y crea una contienda. Si todos hacen eso, nadie queda en pie.
Por eso, la Palabra también nos advierte que no ofendamos gratuitamente. No puedo usar la excusa de «yo soy así» para herir a los demás. Jesús fue claro: trata a las personas como te gustaría ser tratado.
El poder de la amargura no perdonada
Cuando no perdono, sucede algo grave: me convierto en prisionero. La persona que me hirió pasa a influir en mis decisiones. Cambio caminos, horarios y lugares para evitarla. Sin darme cuenta, sigo viviendo en función de ella.
Ella se va, pero pasa a vivir —sin pagar alquiler— en mi mente y en mi corazón. Eso es vivir en un palacio con cerrojos en la puerta. Una verdadera prisión de lujo.
La higiene diaria del corazón
La solución es simple y espiritual. Jesús enseñó en el Padre Nuestro: «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores».
Así como cuidamos el cuerpo todos los días, necesitamos higienizar el corazón a diario. Orar, perdonar, soltar. ¿Cuántas veces? Setenta veces siete. En otras palabras, siempre que sea necesario.
Quien no perdona sigue preso. Quien perdona elige la libertad.
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