CUANDO SER "CORRECTITO" SE VUELVE RENCOR
La parábola de los dos hijos (el hijo pródigo y el hijo mayor) revela cómo el rencor puede destruir incluso a quien aparenta hacer todo bien
La fe no es solo creer en Dios; también es saber actuar correctamente después de haberse equivocado — y, sobre todo, después de haber acertado. Ya hemos dicho que la mejor forma de recuperarse de una mala decisión es ser rápido en tomar una decisión correcta. Así fue con el llamado hijo pródigo. Entró en razón, reconoció su error, se humilló, volvió a la casa del padre y fue recibido con misericordia.
Sin embargo, la parábola que contó Jesús no habla solo de un hijo. Habla de dos. Y es justamente ahí donde muchos se equivocan.
Dos hijos, dos pruebas
Aunque es conocida como la parábola del hijo pródigo, la Biblia deja claro que se trata de la historia de dos hermanos. Uno salió de casa, lo desperdició todo y se perdió. El otro permaneció al lado del padre, sirvió, fue fiel y, aparentemente, hizo todo bien.
Pero cuando el hijo menor volvió arrepentido y el padre hizo una fiesta para recibirlo, entonces el hermano mayor fue puesto a prueba. Fue precisamente en ese momento cuando lo que estaba escondido salió a la luz.
Cuando la fidelidad esconde resentimiento
El texto bíblico (Lucas 15:25) muestra que el hermano mayor se indignó y no quiso entrar a la casa. En lugar de alegrarse con el padre por la recuperación del hijo perdido, se rebeló. Allí quedó en evidencia que, a pesar de su conducta correcta a lo largo de los años, llevaba algo peligroso en el corazón: rencor.
Aquel hijo, que parecía tan fiel, reveló que servía esperando reconocimiento. No lo hacía solo por amor, sino aguardando una recompensa. Y cuando no recibió lo que creía merecer, explotó.
No estaba preparado para la herencia
Tradicionalmente, el hijo mayor asumía el lugar del padre. Sin embargo, en ese momento demostró que no estaba preparado para ello. Así como el menor no supo manejar la herencia material, el mayor no supo manejar la herencia espiritual: misericordia, compasión y equilibrio.
Por eso, un padre, un líder, alguien que cuida de personas, necesita saber ejercer tres cosas: juicio, misericordia y fe. Es decir, la sabiduría está precisamente en saber cuándo aplicar cada una. No obstante, el hermano mayor falló en esto.
La ceguera del rencor
Observa cómo actúa el rencor. El hijo mayor reclamó por nunca haber recibido un cabrito, pero se olvidó de que era dueño de todo el rebaño. Se enfocó en un detalle y perdió de vista el conjunto.
Eso es exactamente lo que hace el rencor: ciega. Paraliza el razonamiento, distorsiona la percepción y lleva a la persona a actuar solo por la emoción. Quien guarda rencor se maldice sin darse cuenta.
Empezó bien, terminó mal
El hijo pródigo empezó mal, pero terminó bien. El hermano mayor empezó bien, pero terminó mal. Y la diferencia entre ellos no fue el error, sino lo que cada uno hizo con su corazón.
El rencor del hermano mayor no surgió de repente. Fue alimentado con el tiempo: expectativas frustradas, sensación de no ser valorado, resentimiento silencioso. Todo eso estaba allí, escondido, hasta que se reveló.
Examina tu corazón
Esta historia es una advertencia para todos nosotros. Necesitamos revisitar el corazón con sinceridad y humildad. El rencor no es un impulso; se cultiva. Y, si no se trata, destruye.
Cuida tu corazón. No permitas que el rencor encuentre espacio dentro de ti. Quien no perdona, no es perdonado. Y sin perdón, no hay Salvación.
Piénsalo. Reevalúa tus actitudes. Elige liberar perdón antes de que el rencor termine aquello que empezaste bien.
Mira hasta el final y examínate a ti mismo.
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