Un musulmán más convertido
Robert Sutton nació y creció en Trinidad. Ya de adulto se convirtió al Islam, convirtiéndose en musulmán. Solía ir frecuentemente a la mezquita para hacer sus rezos, hasta que decidió ir a Estados Unidos a buscar una vida mejor para él y su familia.
“Estaba muy involucrado con la cultura islámica. Desde mi vestimenta hasta la lectura del Corán. No quería saber nada, ni estaba interesado, en otra religión. Quería que mi familia se convirtiera al Islam, así como yo, pero ellos lo rechazaban por no haber sido educados de esa forma y no creer en el islamismo. Era tan devoto al Islam que le puse nombres musulmanes a mis hijos.
Mi vida siempre fue inconstante, llena de altibajos. Siempre fui de ir a fiestas, salir con amigos o estar en la calle.
Ahora, intente imaginar el caos que era mi casa: mi esposa, que es cristiana, siempre me invitaba a ir a la Iglesia Universal, pero yo siempre la rechazaba, ¡porque era musulmán! En verdad, siempre deseé que ella se uniera a mi, nunca pensé en ir con ella a la iglesia. Después de un tiempo, salir con amigos, ir a fiestas se hizo algo tan frecuente que ni siquiera tenía tiempo para ir a la mezquita. Me sentía tan cansado de mi esposa, porque siempre me invitaba a la iglesia, que no sentía placer en estar en casa y pasar un tiempo con mi familia. Un día, uno de nuestros hijos nos fue a visitar, lo llevé a ver un amigo y en el camino sufrimos un accidente. Como resultado de ese accidente comencé a tener problemas de salud, sintiendo fuertes y constantes dolores. No podía dormir de noche, me movía de un lado a otro, porque de cualquier forma en la que me ponía me causaba dolor e incomodidad. Pero una vez, mi esposa me invitó a ir a la iglesia, a participar de una reunión de sanidad. Quería decirle que me dejara en paz, porque no tenía tiempo para eso.
Mi hijo, que hoy es pastor en la IURD, también me hablaba sobre un cambio de vida, de entregar mi vida a Dios, y yo
siempre ignoraba lo que ellos me decían. Después de algún tiempo ya estaba saliendo nuevamente con mis amigos. Un día, en una de esas salidas, sufrí otro accidente de auto. En este accidente, todos resultaron ilesos, yo fui el único que se lastimó y tuve que ir al hospital. Todos en mi familia veían la actuación del diablo en mi vida, pero yo era el único que no podía ver eso. Cuando volví a casa, después de salir del hospital, mi esposa una vez más me invitó a la iglesia. Y, otra vez, lo rechacé.
Un día, mi hijo me llamó y nuevamente me habló sobre entregar mi vida a Dios. Si yo quería ser libre de toda la negatividad, de todos los problemas de salud, de los problemas físicos, tendría que entregar mi vida al Señor Jesús. Me tomó un tiempo realmente tomar la decisión de dejar la religión islámica, pero decidí finalmente aceptar la invitación de mi esposa para ir a la iglesia.
Un domingo por la mañana decidí ir a la iglesia con mi esposa, y desde aquel día tuve la certeza de que si continuaba yendo y estaba dispuesto a luchar, mi vida no sería más la misma, llena de altibajos. Comencé a hacer las cadenas de oración los martes, los miércoles para mi vida espiritual, los viernes para mi liberación y los domingos para el desarrollo de mi vida espiritual y por mi familia también. No fue fácil, no vi los resultados de la noche a la mañana, pero como perseveré y empecé a poner en práctica aquello que estaba aprendiendo en la iglesia, vi los cambios en mi vida día tras día.
Una cosa que realmente me llamó la atención, y que nunca había visto en ningún otro lugar, es que los pastores nos enseñan realmente a usar la fe de forma inteligente, y a creer en Dios. Yo siempre supe que tenía que tener fe y creer en Dios, pero eso nunca me había sido enseñado antes, cómo realmente debería hacer. Mi esposa, a veces, se sorprende cuando me levanto y voy a la iglesia solo, sin que ella me pregunte. Hubo veces en las que tuve que esperarla. Yo le decía: “Te veo en la iglesia”. Ella se puso tan feliz con mi conversión al Señor Jesús, que solía decir: “Dios, si esto es un sueño, no quiero despertarme más”.
Hoy puedo decir que mi vida fue completamente transformada y sé que hay más por venir. En 2010 me bauticé en las aguas, pero, por encima de todo, yo realmente entendí que no hay salvación en la religión, pero sí en el Señor Jesucristo”.
Robert Sutton
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