Blog Obispo Macedo | 14 de marzo de 2013 - 23:00


Un mecánico al que Dios bendijo

Después de un comienzo promisorio en su vida escolar, Robert Gilmour LeTourneau abandonó los estudios a los 14 años. Era la oveja negra de la familia. Mientras que sus hermanos estaban años en el mismo trabajo, Robert no lograba estabilizarse en un empleo. Durante años, sus padres oraron por él, hasta que Robert finalmente recapacitó y comenzó a buscar su salvación. Años después, describió su encuentro con Dios de la siguiente manera: “Ningún relámpago me alcanzó. Yo solo oré al Señor para que me salve, y entonces, tuve la certeza de Su presencia. Ninguna palabra fue dicha. No recibí ningún mensaje del más allá. Lo que sucedió fue solamente que toda mi amargura fue drenada, y me llenó un alivio tan grande que no podía contenerlo dentro de mí.”

Después de su encuentro con Dios, surgió una inmensa voluntad de llevar a otras personas a la misma experiencia, y pensaba que la única manera de hacer eso sería en el Altar. Al pedirle un consejo al pastor, oyó:

“Sabe, hermano LeTourneau, Dios necesita hombres de negocios, tanto como pastores y misioneros.”

Decidió, entonces, convertirse en un hombre de negocios de Dios, alguien con quien Él pudiese contar para financiar Su obra, y se volvió diezmista fiel. Pero no todo fue un mar de rosas.

En sociedad con un amigo, abrió una empresa. Todo parecía ir bien, hasta que tuvo que ausentarse para trabajar en la manutención de navíos durante la Primera Guerra. Al volver, descubrió que estaba endeudado y quebrado. Para saldar las deudas, trabajó en el arreglo de un tractor y fue contratado por el propietario para nivelar varios acres de tierra, usando también un scraper (máquina niveladora). Se apasionó por el trabajo. Compró un tractor y, con un scraper alquilado, comenzó el negocio del terraplanaje.

En mayo de 1921, estableció una oficina de ingeniería para proteger y construir sus inventos. En 1930, ya con dos fábricas, vislumbró un próximo año de ganancias sólidas y prosperidad. Allí, sus pies se resbalaron. Dijo que no daría el diezmo ese año, y sí lo invertiría en la empresa, para que el próximo año pudiese “dar el valor del que Dios Se pudiese enorgullecer”.

Creyó que podría hacer las cosas a su manera y que a Dios no le importaría, a fin de cuentas, recibiría “Su parte” en el fin del período. Años después, reconoció: junto con el orgullo, también tenía miedo. Estaba queriendo ver primero si el negocio iba a funcionar. Engañosamente, creyó que si Dios quería recibir, tendría que bendecirlo, y no que primero él tenía que creer y dar. Él mismo escribió: “Dios no hace negocios de esa manera. Dios no nos dice que volvamos el próximo año cuando pedimos Su ayuda. Si usted espera ver cómo será la cosecha antes de darle a Dios Su parte, será visto por Él como un hombre de poca fe. Dios con certeza percibió mi justificación falsa.”

Sin la fe necesaria, no existió el resultado esperado. En vez de la prosperidad que el negocio prometía, enfrentó un torrente de problemas y terminó el período endeudado. Se dio cuenta de que Dios no estaba interesado en el valor de su diezmo, sino en la actitud que demostrase fidelidad y fe incondicional. Decidió hacer mucho más para Dios, hizo un pacto de fidelidad y obediencia. Una sociedad con Él.

De ahí en adelante recibió, a cambio de su obediencia irrestricta, una sabiduría que hasta hoy espanta a aquellos que estudian su vida. Inevitablemente, se volvió millonario y extremadamente respetado entre sus rivales, que jamás entendieron (y no lo entienden hasta hoy) cómo lograba estar tan adelantado a su época. Se volvió mundialmente reconocido como líder en el desarrollo y fabricación de equipos pesados. Sus inventos representaron casi el 70% de los equipos de terraplanaje y vehículos de ingeniería usados por las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Entre sus inventos están el neumático de goma de baja presión para vehículos pesados, el sistema de tracción eléctrica y el equipo móvil de perforación en alta mar. Además de máquinas que, con simplemente apretar un botón, podían mover toneladas de tierra y posibilitaron el desarrollo del mundo en el siglo XX. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que el siglo XXI no habría llegado tan lejos sin los inventos de LeTourneau.

Visto como un genio de la ingeniería, escribió en su libro “Mover of men and mountains”: “Yo soy apenas un mecánico que Dios ha bendecido. Él usa a los débiles para confundir a los fuertes. No hay explicación lógica para el hecho de haber desarrollado estas máquinas. No pasé séptimo grado en la escuela. A los treinta años, estaba quebrado y endeudado.”

LeTourneau veía su trabajo como un servicio a Dios, y ya no se limitaba más al diezmo. Gradualmente aumentó el porcentaje, hasta que llegó a dar el 90% de su renta a la obra de Dios. Además de eso, dedicaba su vida a ganar almas, pagando de su propio bolsillo los viajes para dar su testimonio en conferencias por el mundo.

Divisando lo que era realmente importante, entendía que todo pertenecía a Dios, y que él estaba simplemente administrando lo que no era suyo. Al ser cuestionado sobre los valores donados en la iglesia, dijo: “La cuestión no es cuánto de mi dinero Le doy a Dios, sino cuánto del dinero de Dios guardo para mí mismo.”


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