Tiene que perder el hombro
Ayer, al comenzar a leer sobre David, no logré salir de los primeros versículos. Yo, que me había programado para escribir sobre nuestras experiencias en Israel, no pude contenerme hoy, y tuve que compartir lo que Dios habló conmigo a través del inicio de esta historia bíblica.
“Dijo el Señor a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo Yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos Me he provisto de rey.
Y dijo Samuel: ¿Cómo iré? Si Saúl lo supiera, me mataría. El Señor respondió: Toma contigo una becerra de la vacada, y di: A ofrecer sacrificio al Señor he venido. Y llama a Isaí al sacrificio, y Yo te enseñaré lo que has de hacer; y Me ungirás al que Yo te dijere.” 1 Samuel 16:1–3
Samuel sintió el dolor de la decepción, por saber que el rey Saúl no había temido a Dios como era de esperar, ya que había sido el escogido de Él para ser el primer rey de Israel. La decepción no fue solamente porque Saúl no había obedecido– eso podía ser arreglado. El problema fue su orgullo. Samuel sabía que no había más arreglo para Saúl, ya en la reacción de él, al saber de la decepción de Dios, demostró que no le preocupaba su pecado.En ese momento él llamó la atención de Saúl, hizo lo que debía hacer como profeta de Dios en aquella época, ¿y sabe lo que hizo Saúl? ¡Imploró el perdón rasgando las vestiduras de Samuel! ¿Qué tipo de arrepentimiento es ese? ¿Dónde está el respeto hacia el profeta de Dios?
Ya entonces Saúl perdió la presencia de Dios. Y eso le dolía a Samuel, por eso Dios le dijo que dejara de tener pena de él. La pena no podía cambiar la situación de Saúl, es más, la pena no cambia la situación de nadie. ¡El que se equivoca es quien tiene que cambiar! Y si él no cambia, y usted intenta ayudarlo a cambiar, usted sólo va a estorbar la Mano de Dios.
A veces, la persona tiene que quedarse sola, perder todo, hasta las amistades, para oír la voz de Dios. Pero hay gente que no acepta eso, que condena ese tipo de actitud en la Iglesia. Dicen “no hay amor”. Ahora, lea este pasaje de nuevo y ¡vea por qué el Autor del Amor hizo eso!
Algunos años atrás, cuando todavía trabajábamos en Londres, y la Iglesia todavía estaba en el comienzo, con pocos pastores y esposas, nuestra unión era bien notoria. Yo me sentía en casa con todos, pues parecíamos una familia. Teníamos muchas cosas en común, y la principal era la de ganar almas. Pero, un día, cuando una esposa de pastor se equivocó y recibió un llamado de atención por eso, me vino en seguida un dolor en el corazón por ella. Al mismo tiempo, también vino una Voz: “Déjala, ella necesita eso”. Entonces la dejé. No corrí atrás para ver si ella estaba bien, o lo que estaba pensando o sintiendo, ni siquiera le ofrecí un “hombro” amigo – no porque no quise o no me importó, sino porque quería que ese hombro fuese el Espíritu Santo. Oré por ella y listo. En ese momento, a otra esposa de pastor eso le pareció un absurdo de mi parte, y fue a atender a aquella esposa “injusticiada”. Pues bien, ninguna de las dos está en la Obra hoy.
Saúl también pensó que había sido injusticiado. Es más, Lúcifer también pensó haber sido injusticiado. Repare en la “coincidencia”. Todos los que se piensan injusticiados no se arrepienten. ¡Fuerte eh?
Todavía leyendo 1 Samuel 16.
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