Testimonio de combate al vicio
¡Buen día, obispo!
Mi nombre es Romer de Freitas, miembro de la Iglesia Universal de Aguas Bonitas (GO). Tengo 42 años. Aprovechando que el domingo 20 tendremos el Combate al Vicio, me gustaría contar algo de mi experiencia con el vicio y el mundo de la delincuencia y decir también cómo logré vencer.
Nací en Belo Horizonte (MG) y comencé a consumir drogas a los 14 años de edad. La primera fue marihuana, la consumí por curiosidad. Al principio era buena, pero con el pasar del tiempo, sentí deseo de algo más fuerte, entonces empecé a aspirar cocaína. Para lograr un efecto más rápido, comencé a inyectármela en la sangre. Consumía y traficaba. Consumí también hachís, éxtasis, y cuando surgió el crack, llegué a usarlo también.
Cuando consumíamos droga inyectable, compartíamos la misma jeringa. Siendo aun menor de edad, fui preso varias veces. A los 18 años de edad me detuvieron por asalto a mano armada y fui condenado a 5 años y 4 meses de prisión. En la cárcel presencié escenas horribles. Estuve preso durante 2 años y salí en libertad condicional, pero un año después volví a cometer los mismos delitos – fue cuando me enviaron a máxima seguridad a cumplir una pena más, que viví rebeliones y “rondas de la muerte” (un sorteo en el que muere un detenido de la celda. En realidad no existía sorteo, ya había un escogido para morir, pues ponían solo un nombre en los papeles del sorteo).
En una de esas rebeliones, agarraron a un violador, le cortaron la cabeza y jugaron al futbol con ella, ¡un verdadero horror! Aprovechando una rebelión, huí hacia Espíritu Santo y, en 1998, en el último juego de la Copa del Mundo, recibí un tiro en la espalda.
Creyendo que iba a morirme, clamé a Dios, Le dije que si me permitía sobrevivir, Le entregaría mi vida. Entonces, Dios me libró de la muerte una vez más, pues varias veces intercambié tiros con la policía y delincuentes rivales me dispararon muy de cerca, y el arma falló.
Cuando me recuperé del disparo, volví a Belo Horizonte y busqué a mi hermana, que ya formaba parte de una iglesia evangélica. Ella consiguió en Brasilia un centro de recuperación para que me internara.
Tiré por la ventanilla del micro los cigarrillos y los cds de músicas mundanas. Estuve internado durante un año y medio. Salí de la casa de recuperación con un bolso con algo de ropa, sin casa, sin trabajo ni familia, salí sin nada y entré en una Iglesia Universal del Reino de Dios. Allí encontré la verdadera felicidad, conseguí un empleo en una vidriería y alquilé una habitación donde vivir.
En una Terapia del Amor conocí a mi esposa, que hoy es obrera. En el 2000 nos casamos, compramos nuestra casa, tengo una camioneta Savero, un auto Omega y una moto. Tuvimos un hijo que hoy tiene siete años, y reconstruí mi vida, que antes era una basura, un infierno.
Un día, en una requisa, la policía me abordó y vio que tenía orden de captura, me esposaron y me llevaron a la delegación. Mi esposa y mi hijo se quedaron atónitos. Recuerdo que mi esposa dijo: “No vas a quedar preso, amor. ¡Dios no lo va a permitir!”. Llegando a la delegación, un policía vio que la orden era de Minas Gerais, y otro policía dijo:
“Vamos a llevarlo a la ciudad más cercana de Minas” , y el policía preguntó:
“No tenemos combustible en el móvil, ¿y ahora?”, y el amigo respondió:
“La solución es soltarlo, en realidad la orden no es de aquí…”
Entonces me soltaron y salí agradeciendo a Dios. Tenía tres órdenes de captura, pero Dios hizo un gran milagro en mi vida, a través de propósitos en la iglesia, de Hogueras Santas, de nuestra fidelidad, de nuestra comunión, de nuestro compromiso, de nuestra intimidad con Dios. Ya no existe ninguna acusación más, todas fueron archivadas.
Contraté a un abogado para que lleve mis procesos y hoy estoy libre. Hace 14 años conocí a un Dios maravilloso, que tuvo compasión de mí. Hoy tengo paz, puedo poner la cabeza en la almohada y dormir en paz, sin ninguna acusación.
Encontré en la Iglesia Universal del Reino de Dios la “Dosis más fuerte”: EL SEÑOR JESÚS.
Cierto día hice una lista con los nombres de treinta ex amigos de la época de la delincuencia y fui poniendo una “x” en aquellos que habían muerto. Cuando terminé, conté cuántos estaban vivos aun: conmigo solo uno. Veintiocho murieron.
No vale la pena entrar en el mundo de las drogas y de la delincuencia, pues el destino es ir a la cárcel o al cementerio.
Romer de Freitas
Hoy estoy en la Iglesia de Aguas Bonitas (GO)

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