Sello único
Obispo, cuando era una niña quería enviarle una carta a una amiga, sin embargo no tenía dinero para comprar el “sello”. Pensé rápidamente y arranqué el sello de una vieja carta y se lo pegué a la mía. Pensé que mi “problema” estaba resuelto. Corrí hasta el buzón, deposité mi carta y volví con la sensación de “misión cumplida”.
Algunos días después, para mi decepción, el cartero apareció en mi casa. Devolvió mi carta y me explicó que cada sello es “único” y tiene su fecha de validez.
Pensé en el motivo por el cual el Espíritu Santo es llamado Sello de Dios, e imaginé si fuésemos como una carta dirigida al cielo. Si el sello estuviese vencido, no llegaríamos al lugar deseado. – y enviar una carta sin sello tampoco se puede.
Cuando Jesús vuelva y le pida a los ángeles que recojan a los escogidos, los ángeles serán como carteros: solo llevarán las “cartas” selladas correctamente, las cartas identificadas por el sello de DIOS, el propio Espíritu Santo. O sea, no existe Salvación sin estar sellado.
Espíritu Santo: ¡la garantía de la Salvación! Quien Lo tiene hoy, canta “¡AH, QUÉ DÍA!” Quien Lo garantice hasta el regreso de nuestro Señor, cantará “¡AH, QUÉ ETERNIDAD!”
Bruna Oliveira – Balneário Camboriú – SC
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Dracma encontrada
¡Hola obispo!
Yo era una dracma perdida e incluso dentro de la iglesia, andaba distante, lejos del aprisco, no tenía más la protección de Dios. Sufrí, lloré, padecí. Hasta que hace algún tiempo apliqué mi corazón a buscar corregirme, a volver al aprisco, a estar segura en el abrigo del Altísimo, y Dios me respondió.
Y hoy, al oír ese mensaje en la Red Aleluya tuve la experiencia más impactante de mi vida. Yo volvía del trabajo estaba manejando y en el momento de la oración, sin importarme nada me expuse a mi Dios.
Derramé ante Él toda mi sinceridad y recibí una paz tan intensa y una alegría tan inmensa que quería volar, volar y encontrarme con mi señor, ¡Aleluya! Y por primera vez en muchos años lloré, llore tan suave…
No eran más lágrimas de dolor, de desesperación por no tener a Jesús, eran lágrimas de gratitud por estar recibiendo algo tan precioso, tan sublime.
Abrí mis ojos, me sentí leve. Miré el mar, el cielo – parecían sonreírme. No estaba más sola, Jesús me protegía. Ahora sé que nunca más voy a sufrir, fui encontrada.
¡NO SOY MÁS UNA DRACMA PERDIDA!
Dios lo bendiga
Cleide – Salvador/BA
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