Onésimos
Onésimo era esclavo de Filemon. Probablemente se había convencido al cristianismo por influencia de su señor, Filemón. Pero, aprovechándose de su buena fe, costumbre de muchos convencidos, robó y huyó. Sabiendo que tarde o temprano sería apresado y castigado con la muerte, fue a buscar amparo con el apóstol Pablo en Roma.
En prisión, Pablo le demostró que la vida en este mundo es corta y que lo peor realmente es la eternidad en el Lago de fuego y azufre. Que a pesar de estar preso era un hombre libre. Libre para pensar y determinar su futuro eterno. Que sólo el Señor Jesús es capaz de garantizar libertad y eternidad simultáneas.
En fin, después de conducirlo a una conversión sincera, Pablo lo envió de regreso a Filemón, juntamente con una carta de recomendación.
Vale la pena resaltar sus palabras dirigidas a Filemón: “…te pido a favor de mi hijo Onésimo, que generé entre prisiones”. La conversión sincera del esclavo y ladrón Onésimo, lo transformó en una criatura libre y, sobre todo, con la identidad de hijo, en la fe, de Pablo. Es justamente lo que nosotros esperamos que suceda con aquellos que, por cualquier motivo, un día huyeron de la presencia del Señor y están perdidos por ahí, amenazados de muerte por el infierno.
Pues, como Pablo, creemos que se apartaron de nosotros temporariamente, a fin de que los recibamos para siempre, no como esclavos del pecado, sino como hermanos de verdad.
Porque quizás para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieses para siempre; no ya como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado, mayormente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor. Filemón 1:10, 15 y 16
Si el lector es un Onésimo fugitivo y perdido en este mundo, sepa que en la IURD siempre habrá una nueva chance para usted.
Sea libre del pasado triste en el Nombre del Señor Jesucristo.
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