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La señora Elza

En Caxias. Allí conocí a una mujer negra, de cabello blanco, voz mansa y que siempre tenía una palabra de vida.
Pero no era solo eso, esa mujer tenía mucho más, de manera que hoy puedo contar un poco de su historia y de su importancia en mi vida.

La señora Elza, la obrera más antigua de la Iglesia.
La señora Elza iba todos los días a la primera reunión, nunca faltaba. ¡Era increíble su disposición!
Ella era la primera en llegar. Cuando yo iba a abrir la iglesia, ella ya estaba en la puerta esperando para entrar a la Casa de Dios. A veces, el día ni siquiera estaba claro, pero la señora Elza estaba allí en la puerta, esperando, para simplemente entrar…

Cuando entraba, se dirigía de inmediato al Altar y allí doblaba sus rodillas y oraba.
Me imagino que, con certeza, debido a esa constancia de estar todos los días en la primera reunión de la mañana, en ese momento de rodillas dobladas, debía estar orando por mí, por el evangelista, por el obispo, por las personas que llegarían allí y por ella, a fin de que realmente ella pudiera ser útil y que fuesen ganadas almas para el Reino de Dios.

La señora Elza vivía sola, no tenía hijos. No tenía a nadie. Vivía para Dios, vivía para la obra de Dios.

Era una obrera de oración y dedicación.
Después de orar en el Altar, preparaba la reunión. Santa Cena, propósitos y todo lo demás, siempre con cariño y atención a los detalles. Buscaba la perfección para Dios. Atendía a las personas con placer, cariño y cuidado.

Pienso y recuerdo… Ella era la más grande y la primera en llegar a la Iglesia.

Mi Dios, muchas veces el evangelista y yo teníamos hambre – en esa época la Iglesia estaba comprando la Red Record, entonces todos estábamos en el sacrificio a favor de algo mayor para la Obra de Dios -, pero la señora Elza, que era pensionada, de lo poco que ganaba devolvía su diezmo y además nos extendía la mano en los momentos de aprietos y necesidades. Sin embargo, en su mesa nunca faltaba el pan.

Un detalle: Durante la semana, además juntaba los huevos de las gallinas que poseía, hacía y llevaba “gemada” para todos nosotros.

Muchas veces ella llegaba con la comida, ¡un aroma delicioso! Dos platos tapados con una servilleta azul, donde leíamos: «EL SEÑOR ES MI PASTOR Y NADA ME FALTARÁ». Su generosidad no tenía límites.

Un día abrimos la iglesia y la señora Elza no estaba en la puerta esperando. Ese día no la vimos orando en el Altar, como tampoco organizó la reunión que comenzaría. Sentimos su falta y nos pareció extraño.

Días después, encontramos a la señora Elza en su casa como de costumbre, de rodillas, pero ella no estaba más allí.

Murió orando.

Con certeza debía estar orando por la Obra que tanto amaba, por los obispos y pastores, por mí, por usted.

Extrañamos a la señora Elza.

Aquella comidita, aquel cariño por nosotros, aquella dedicación completa a la Obra de Dios, a la Iglesia, aquella atención a las personas que llegaban.

La señora Elza era una madre. Un ángel que nos cuidaba.
Ella tenía más de 80 años de edad cuando nos dejó.

¿Saben? Con la señora Elza parecía más fácil vencer el día a día.

Una frase inolvidable de la señora Elza: «Pastor, quien anda de rodillas no puede tropezar».

¡Ella no tropezó!