Jerusalén es la Universal
Jerusalén
También llamada Ciudad Santa, su nombre quiere decir fundada en paz.
Es una de las más antiguas ciudades del mundo, pero jamás abandonada.
Tantas veces tomada, invadida, destruida, reconstruida, pero continuamente habitada.
Ciudad de murallas, de puertas cerradas, de ruinas, conflictos, injusticias y lágrimas.
Poblada por fieles e infieles, compartida por creencias e ideales. Apretada por enemigos. Vigilada por soldados y armas, y aún así, Ciudad Santa.
Prominente entre las colinas de Judea, tiene sus montes Sion, de los Olivos, Moriah y Scopus en la meseta más elevada.
Es cortada por valles, declinaciones, elevaciones y calles angostas que son testigos de grandes hechos, incluso de la pesada cruz sobre los Hombros inocentes.
Su atmósfera es sagrada. Su viento no trae polución, pero sopla impregnado de oraciones y pedidos de los que están cerca o lejos de ella.
Su terreno es rocoso, sin embargo fértil para los benditos olivos.
Ciudad de jardines, de silencio y agonía de Quien miró al cáliz y vio todos los pecados del mundo. Él, que nunca había cometido ni un solo pecado, lloró entre las plantas de Jerusalén las lágrimas por la separación de Su Padre.
La Ciudad Santa vio la muerte, pero presenció la resurrección y la ascensión de Señor Jesús glorificado. Vivió el principio del Pentecostés con 120 sellados para volverse la Iglesia Primitiva, madre del cristianismo.
La ciudad tiene piedras, y piedras que claman hasta hoy a los eruditos, para comprobar que por allí pasaron profetas, reyes y el Rey de los reyes. ¡Nunca nadie podrá negar la Historia!
La antigua capital de los jebuseos fue escogida eternamente. Tiene sus puertas abiertas a peregrinos de todo el mundo, pero un día será exclusivamente la capital de los elegidos del Santísimo Dios.
Por ser tan amada, tenemos una nueva Jerusalén purificada, sin impiedad. Aguas vivas descienden del Trono del Altísimo y bañan sus calles de oro, protegidas por portones de perlas. Lugar de protección, bendiciones completas, regocijo y alabanzas.
A los que luchan por la salvación, vislumbren todos los días esa recompensa.
La Ciudad Santa del Templo, con su aura dorada, comparte con la Universal su gloria. Si no son todos los que logran ir hasta Jerusalén, sus piedras llegarán hasta nosotros.
Que podamos maravillarnos, pues una parte de la amada ciudad se hace presente hoy aquí en Brasil, en San Pablo, en el antiguo barrio de Brás: El Templo de Salomón.
Millares vendrán de todas partes del mundo y allí adorarán al Único Dios. Y nosotros fuimos escogidos para levantar Su morada. Él mismo escogió este lugar para poner allí Su Nombre. Somos privilegiados por ser la generación que construyó la Casa de nuestro Dios.
El Espíritu Santo está con nosotros y ha dirigido cada detalle de esta construcción que en breve llegará a su fin.
¿Usted está preparado para el gran día?
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