Blog Obispo Macedo | 17 de septiembre de 2012 - 15:58


El Espíritu de la Promesa

Por orden Divina, Moisés le transfirió a Josué la responsabilidad de conducir a los hijos de Israel a la Tierra Prometida.

Sin embargo, la muerte de Moisés abatió a Josué. El Señor, entonces, tuvo que intervenir y animarlo para tal misión.

“… ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que Yo les doy a los hijos de Israel.” Josué 1:2

En otras palabras: ten disposición ya y posee la Tierra Prometida.

¿Qué tiene eso que ver con los seguidores del Señor Jesús, el Nuevo Israel, en los días actuales?

Los hijos de Israel habían sido librados de la esclavitud egipcia y traían consigo la idea fija en la promesa de Dios de sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel.” Éxodo 3:8

Movidos por la fuerza de esa Promesa, ellos salieron al desierto. No había ninguna garantía palpable que les diese certeza del cumplimiento de eso.

De hecho, la Promesa que había salido de la boca de Dios los convencía de esa realidad, hasta entonces invisible.

Pero ahora, delante de la Tierra Prometida, Moisés estaba muerto.

El líder estaba muerto, pero el Espíritu de la Promesa, no.

El Espíritu de la Promesa no muere ni revoca Su Palabra.

Ese es el Espíritu de la fe cristiana.

El Espíritu de la Promesa testifica con nuestro espíritu que Su Palabra se cumplirá.

Esa perla de revelación no combina con los cerdos, mucho menos la santidad de la Palabra con los perros. Mateo 7:6

Sin embargo, los guiados por el Espíritu, que no ven y creen, a ejemplo de Josué y Caleb, toman posesión de la Promesa.

Éramos esclavos de los vicios y de los complejos, de la depresión, del miedo, de la duda, de las religiones al igual que los hebreos en Egipto. Y como ellos fueron liberados y guiados por el Espíritu de la Promesa hacia una tierra a una tierra buena y ancha, tierra que fluye leche y miel, también lo somos nosotros, los seguidores del Señor Jesús.

Si ellos, pueblo de dura cerviz, alcanzaron la promesa, ¿por qué los rescatados por la sangre del Hijo de Dios y sellados por el Espíritu de la Promesa no tienen el mismo derecho a su tierra que fluye leche y miel?

¿No será esa tierra buena y ancha, tierra que fluye leche y miel la vida abundante prometida por el Señor Jesús?

Entonces, “¡Subamos y poseamos la tierra, porque, ciertamente, prevaleceremos contra ella!” Números 13:30

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