40º Día de la Cuarentena del Ayuno de Jesús
“Hago de todo, pero Dios no me bendice económicamente.”
Hace unos 25 años, fui a una vigilia en el gimnasio de la Portuguesa, aquí en San Pablo, en la que el obispo Macedo hablaba sobre los deberes de cada persona para con la Obra de Dios. En ese momento pensé: “Bueno, el asunto no es conmigo porque yo no hago ni voy a hacer la Obra. No soy obrera, ni esposa de pastor, y no tengo ningún llamado. Me podría haber quedado en casa durmiendo…” ¡Qué chica tonta fui!
El obispo dijo que, entre los cristianos, solo hay dos tipos de personas, y que nosotros teníamos que definir allí mismo, en esa vigilia, qué tipo de cristiano seríamos de allí en adelante. Era el llamado para una gran decisión:
“O usted tiene el llamado para el Altar y va a decidir ahora que va a servir en el Altar, o usted no tiene el llamado para el Altar y se va a convertir en un patrocinador del Altar. Es eso. ¡Elija cuál es su papel en el Reino de Dios!”
¡Uau! ¡Entendí! No es porque yo no tenga el llamado para el Altar que no tengo la obligación de cumplir con mi papel para con el Altar. Todo cristiano que no sirve en el Altar debe saber que tiene la obligación de prosperar, pues tiene un papel de patrocinador a cumplir.
Tal vez usted tenga el deseo de prosperar para probarle a su familia que usted no es el “don nadie” que ellos viven diciendo que es. Tal vez para masajear su propio ego. O incluso para que sus enemigos se molesten viendo cuánto subió usted en la vida. En fin, las intenciones pueden variar mucho, pero, en el fondo, ellas deberían resumirse en una sola: desempeñar el papel para el cual usted fue llamado. ¿No será por eso que usted “hace de todo” pero su vida no cambia?
Yo no salí de esa vigilia siendo una patrocinadora del Altar, pues no trabajaba todavía, pero salí sabiendo cuál debería ser mi papel dentro de la Obra (Obra de la cual yo juzgaba no formar parte por no tener – y tampoco desear – un cargo o un uniforme).
Mostrarles a las personas que somos prósperas es bueno. Que los que dudaron de su capacidad vean que usted tiene condiciones también es bueno. Que sus enemigos se queden callados ante su buen testimonio es óptimo. Pero, mejor que todo eso es que usted esté -como muchos de nosotros decimos que deseamos estar – en el centro de la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es alcanzar a más personas, traer a Su Reino el máximo de almas, y eso no se hace sin hombres de Dios dispuestos a predicar en todo el mundo, pero tampoco se hace sin dinero.
Son dos cosas que no pueden estar separadas dentro de la Obra, pues sin ellas es imposible cumplir el mandamiento de Jesús “Id y predicad”. Particularmente no vivo para servir en el Altar, ese no es mi llamado, pero no por eso lo de “Id y predicad” no es para mí. Yo no voy, pero tengo la obligación de patrocinar a quien va. Necesitamos las dos cosas en las mismas proporciones.
Pero, no piense que la Obra de Dios va a parar si usted no la patrocina. Lo que va a suceder es que, si usted no hace su parte – con la intención correcta -, Dios va a traer a otro que la hará en su lugar. Y la Obra no pierde, pero usted sí, pues estará imposibilitando que Dios actúe en su vida. Es aquel con quien Dios puede contar el que recibirá lo que era para ser suyo.
La vida está hecha de elecciones y usted debe definir su papel de cristiano: ¿Usted va a servir en el Altar o va a patrocinar al Altar?
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