Fe y sacrificio
Dios no es mágico. Aún así la mayoría de los cristianos insiste en pensar, creer y hasta esperar que Él de un toque transformador en sus vidas de la noche para el día.
Generalmente, ellos esperan que el mínimo esfuerzo en relación a Dios sea suficiente para obtener el retorno de acuerdo con sus anhelos. Y en esa ilusión se mantienen por algún tiempo. Como el resultado no es lo esperado, terminan desanimando. Allí la razón que hay muchos supuestos cristianos caídos y decepcionados.
Poca gente sabe que para que el milagro acontezca tiene que haber una operación conjunta entre la criatura y el Creador. Ningún milagro descripto en la Biblia sucedió apenas de parte de Dios. Si observarnos cuidadosamente, verificaremos que cada uno de ellos tuvo la participación del ser humano en conjunto con Dios.
Noé, por ejemplo, para tener su vida y la de sus familiares salvos del diluvio, tuvo que obedecer a la voz de Dios y construir el arca. Lo mismo se dio con Abraham. Para que de él naciese una gran nación, primero tuvo que sacrificarse en obedecer a la Palabra de Dios, dejar su tierra, la casa de sus padres y su parentela.
Para el Señor Jesús curar al ciego fue necesario su clamor. Y para resucitar a Lázaro, los discípulos tuvieron que remover la piedra de la tumba.
Podemos concluir, sin miedo de errar, que el milagro que esperamos en nuestra vida depende primero de la actitud que tomamos en relación a Dios.
Si hay cansancio de la vida de sufrimiento y se quiere a cambio una nueva, hay que apelar para Dios. Ese cambio solo es posible por actitud de fe. O sea, hay que sacrificar la vida por entero por la fe en el Señor Jesús.
Mientras la vida no estuviera totalmente entregada en el altar la nueva vida jamás acontecerá. No se puede conquistar una nueva vida y al mismo tiempo INTENTAR MANTENER LA ANTIGA.
De allí la imperiosa necesidad del sacrificio por la fe.
Es como dice el Señor: “Convertíos a Mí con todo vuestro corazón…” (Joel 2:12).
El milagro del nuevo nacimiento o de la nueva vida acontece en dos fases:
Primero: Actitud del hombre para con Dios – Nadie nace de Dios sin primero convertirse o abandonar sus pecados. La conversión exige cambio de comportamiento en relación a Él. Mentiras, robos, adulterio, prostitución, en fin, las obras de la carne son abandonadas. Gálatas 5:19. Eso es conversión.
Segundo: Actitud de Dios hacia el hombre – Cuando el Espíritu Santo ve el esfuerzo de la persona en sustituir su voluntad por la de Dios, entonces Él viene sobre ella y se transforma su vida, concluyendo así Su participación en el milagro del nuevo nacimiento.
Cualquiera que sea el milagro, el proceso se tiene que repetir. Primero la acción de la criatura en relación al Creador; segundo la reacción del Creador en relación a la criatura.
Como se ve, no hay ninguna magia, pero, sí, el resultado de una relación práctica entre el ser humano y Dios.
Dios lo bendiga abundantemente.
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