Ateo sí, religioso no
Shakespeare dijo que el príncipe de las tinieblas es gentil.
Tiene razón. El principado de las tinieblas jamás se presenta como un sujeto rojo, con cuernos, burro e ignorante. Antes, de forma aristocrática, hacía que los ciegos absorbieran sus pensamientos como la arena absorbe el agua del mar.
Educado, irresistible, envolvente y convincente. Así, él ha usado a las religiones, incluyendo a las evangélicas, para estimular conformidad con las plagas infernales.
La noble forma del mal impone sus ideas de forma sutil y delicada. Los tontos la admiran y la aceptan como verdaderas.
Con eso, se forma opinión, se dictan reglas y se crean filosofías vanas, de forma tal que los miserables queden cada vez más conformes.
El padre dice ser la cruz, el espíritu el carma, el pastor la prueba, otros el destino. En cada uno hay una palabra diferente y justificadora para acomodar a todos.
El mal trabaja fuerte con las religiones para mantener a sus víctimas resignadas con sus males. En este caso, es mejor ser ateo.
Si no fuera por la fe pura de algunos pocos cristianos, las huestes infernales estarían de vacaciones permanentes.
Dios ha contado con gente contraria a la religión. Gente con el mismo espíritu de Gedeón y sus 300.
Sin indignación no hay milagro.
El diablo sabe esto y trabaja fuerte en la religiosidad, porque incomoda, inhibe y ciega la fe eficaz. Jesús fue asesinado por los religiosos.
Las adversidades en la vida son combustible para despertar la indignación. Sin ella no hay milagro.
La fe depende de la indignación para manifestarse.
No hay cómo vencer el mal sin actitud de indignación.
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