thumb do blog Renato Cardoso
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LA ENVIDIA Y EL VIERNES SANTO: ¡Lección de Vida!

Más que un sentimiento común, la envidia tuvo un papel directo en la crucifixión — y revela una alerta urgente para quien quiere vivir por la fe

La fe es hacer la pregunta correcta en el momento adecuado, especialmente en el Viernes Santo: “¿Qué haría Jesús en mi lugar?” — y, sobre todo, tener el valor de vivir la respuesta.

Sin embargo, para llegar a esa respuesta, es necesario enfrentar verdades que muchos evitan. Una de ellas es la envidia. Aunque casi todos afirman haber sido blanco de ella, pocos admiten haberla sentido. Pero las cuentas no cierran — y eso revela algo importante: la envidia está más presente de lo que se imagina.

La envidia que llevó a la cruz

Poca gente lo percibe, pero el Viernes Santo también lleva esa marca.

Cuando Jesús fue llevado a juicio, todo ocurrió de manera injusta. Las acusaciones no se sostenían y el proceso fue claramente manipulado. Aun así, hubo un detalle que llamó la atención: el propio gobernador romano, Pilato, identificó la verdadera motivación detrás de todo.

Él percibió que Jesús había sido entregado por envidia.

A los líderes religiosos les incomodaba Su influencia, los milagros, la atención del pueblo. Sintiéndose amenazados, decidieron eliminarlo. Y así, incitaron a la multitud a elegir la liberación de Barrabás — un criminal — mientras pedían la crucifixión de Jesús.

Es decir, la envidia no solo estuvo presente — fue determinante.

Aun así, hay una verdad poderosa en todo esto: Jesús sufrió la envidia, pero no fue derrotado por ella.

Un sentimiento humano — pero peligroso

La envidia nace de la comparación. Esto es evidente incluso en los niños: basta con dividir la atención, el espacio o el afecto para que el sentimiento comience a surgir.

En la vida adulta, esto se intensifica. Incluso sabiendo que es algo negativo, muchos no logran controlarlo. Y el motivo es simple: siguen mirando a los demás.

Donde hay comparación, hay terreno fértil para la envidia.
Por otro lado, donde no hay comparación, la envidia no encuentra espacio. Pensá: una persona sola, sin referencias con las cuales compararse, no siente envidia. Pero basta con que aparezca alguien a su lado, con algo aparentemente mejor, para que el sentimiento surja.

Dejá de mirar al costado

Aquí está el punto principal: no sirve de nada intentar evitar ser envidiado.

Si ni siquiera Jesús escapó de eso, nadie escapará.

Por lo tanto, el enfoque no debe estar en lo que los demás sienten respecto de uno, sino en la propia relación con Dios. Quien está alineado con Él puede incluso ser blanco de envidia, pero no será destruido por ella.

Por otro lado, el mayor cuidado debe estar en la envidia que puede existir dentro de cada uno.

Y, para vencerla, es necesario tomar una decisión práctica: dejar de compararse.

El antídoto: mirarse a uno mismo y aprender

En lugar de incomodarse con el éxito ajeno, la actitud correcta es otra:

  • Preguntarse: “¿Qué puedo aprender de esta persona?”
  • Desarrollar humildad para crecer
  • Enfocarse en la propia vida, no en la de los demás

La Palabra de Dios enseña claramente: cada uno debe ocuparse de sí mismo. Las comparaciones solo desvían el foco y alimentan sentimientos destructivos.

La fuerza de la gratitud

Además, hay un complemento esencial: la gratitud.

Ser agradecido por lo que uno tiene — aunque aún no sea lo ideal — cambia completamente la manera de ver la vida. Y más aún: aprender a alegrarse por el éxito de los demás debilita la envidia de forma definitiva.

La gratitud es incompatible con la envidia.

Cuando alguien decide agradecer, tanto por su propia vida como por los logros ajenos, elimina ese veneno de raíz.

Una decisión que lo cambia todo

La envidia puede ser un sentimiento común, pero no tiene por qué ser permanente.

La decisión está en manos de cada uno: seguir alimentando comparaciones o elegir vivir con enfoque, aprendizaje y gratitud.

Al final de cuentas, la pregunta permanece: ¿qué haría Jesús en tu lugar?

Quien decide vivir esa respuesta no solo vence la envidia — sino que también se vuelve libre para vivir una fe inteligente, práctica y transformadora.

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Colaborador

Obispo Renato Cardoso